martes, 3 de septiembre de 2013

Del Riesgo



En Occidente, y como aún hoy élite y referencia mundial, en el resto del mundo, el riesgo es objeto de minimización. En las inversiones, en las decisiones vitales… intentamos eliminar el riesgo de equivocarnos. Queremos inversiones seguras, aunque sea a costa de un menor beneficio. O, peor… delegamos en gente sin escrúpulos para que nos gestionen los negocios, para que corran ellos el riesgo. En las parejas, lo mismo. En las compras importantes. En las instituciones educativas… queremos que tengan una reputación y un sistema que nos garantice, de alguna manera, que nuestros vástagos tendrán todas las cartas para tener éxito en su carrera. Y como sociedad, ¿qué proyectos de riesgo tomamos? El gobiernos está maniatado en muchos casos, con buena parte de la dotación económica ya comprometida en proyectos del gobierno anterior o en el aparato del Estado, de difícil maleabilidad. ¿Y proyectos de futuro? Pues, si los hay en España, son raramente difundidos, y con la facilidad con la que reducimos nuestras inversiones en I+D+i, creo que está claro que no es nuestra apuesta.

En las sociedades primitivas el paso a la edad adulta se completaba sólo tras completar algunos retos, que necesariamente conllevaban un riesgo, y que requerían la puesta en marcha de habilidades aprendidas y la demostración de madurez y criterio para tomar decisiones de trascendencia. Esas pruebas podían ser físicas, pero muchas veces eran pruebas de carácter. Cazar un depredador, hacer un viaje solitario y peligroso para traer algo para la tribu, realizar alguna misión en algún pais extranjero, o gestionar una empresa nueva que entrañaba, sin duda alguna, riesgos para un novel.

Hoy en día, ¿qué riesgos tomamos? Prácticamente, podríamos reducir las decisiones trascendentes a un puñado:  qué estudiamos, con quién nos comprometemos, qué tipo de persona queremos ser, dónde vivimos, dónde trabajamos, qué inversiones hacemos (casa, coche, etc), cuántos hijos tenemos, cómo y dónde los educamos, cómo tratamos a nuestros antecesores… y… ¿qué más? ¿si hacemos o no ejercicio? ¿hacer el camino de Santiago? ¿montar una empresa?. Otro puñado, pero poco más. Y en esas decisiones, de trascendencia a largo plazo en nuestra vida… ¿cuánto riesgo tomamos? No es que necesariamente hayan de ser decisiones arriesgadas, pero puesto que tienen implicaciones para todo lo demás, es importante tomarlas a conciencia.

Cuando nuestros mayores se quejan, con razón, de la falta de madurez de las nuevas generaciones, es porque asumimos menos decisiones trascendentales, menos compromisos de largo plazo, que antes. Antes la gente se casaba y tenía hijos con veintitantos. Ahora con treinta, con suerte. Antes la gente se emparejaba con una persona y apostaba por ella. Ahora se está, un rato, se convive incluso, a ratos, y al cabo de cinco años se decide que no es algo para toda la vida. No se apuesta por nadie, no se corren riesgos.

Una prueba de amor es cuando la familia tiene que desplazarse por el trabajo de uno de los dos. Parece una tontería, pero no lo es. Antes de casarnos deberíamos preguntarnos si estaríamos dispuestos a sacrificarnos, llegado el caso, por seguir a nuestra pareja. Decidir cuánto más tendría que ganar ella o qué tan bueno para su carrera iba a ser (y qué tan malo para la nuestra, si es que es malo) para determinar si nos apuntamos o no. Pocos lo hacen, porque esperan a que las circunstancias decidan por ellos, pero en realidad podrían decidir antes. Mucho antes.  Aunque a veces, claro, es mejor no poner a prueba las relaciones, no vayan a romperse. Gratuitamente, no. 

Volviendo a los riesgos, hemos perdido el hábito de tomar decisiones de riesgo, sean trascendentes o no. Gracias a ello, morimos menos por accidentes tontos. Y gracias a ello también, tenemos un montón de tontos en la sociedad, no digo que hubiesen de morir, sino que sin el apoyo de la sociedad, no sobrevivirían.
¿No resulta curioso que los deportes de riesgo tengan tantos adeptos, y que no dejen de crecer? ¿qué significa exactamente? ¿adicción a la adrenalina… búsqueda de emociones fuertes… o necesidad de ponernos en el límite, de retarnos, y salir airosos, con energía y confianza renovadas… en lugar de vivir en un montón de decisiones banales y futiles? 

Y eso que esos deportes no suelen tener objetivos necesarios o socialmente valiosos, por los que merecería la pena arriesgar. No, se practican por la necesidad de algunos de arriesgarse. De liberarse, quizá, de esa mordaza de beneficios que nos aporta el no asumir riesgos. Beneficios pobres, pero seguros.

No risk, no glory, dicen los anglosajones. No todos quieren la gloria, ni todos pueden tenerla, pero desde luego no llega sin riesgo, y como sociedad, cuantos menos riesgos esté dispuesta a asumir una sociedad, menor será el valor del beneficio que consiga.

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