jueves, 16 de mayo de 2013

Ciudades iguales, ciudades sin interés



Las leyes de la producción nos dicen que cuanto más estándar sea un producto, más barato es producirlo en masa, con lo que se hace más accesible a más gente. Bajo esa lógica nos hemos permitido también pasar de un estándar de calidad alto, donde los productos se hacían para durar, a uno más bajo, donde los productos se hacen para ser sustituidos en un período de tiempo determinado. Esto viene también porque el nivel de progreso e innovación se ha disparado, y tener un producto de hace diez, quince o veinte años supone tener un producto con menos funcionalidades que los nuevos productos en masa de esa misma categoría.

Afortunadamente, el ser humano también valora la diferenciación. No tanto como algunos creen, pero la diferenciación es una fuente de status. A algunos les produce satisfacción interna el hecho de escoger exactamente aquello que quieren (y por fortuna no todos queremos lo mismo). A otros esa satisfacción les viene por el hecho de diferenciarse de la masa. Estos incentivan los cambios de moda, porque siempre tienen que estar renovando esa diferencia, aunque no siempre entiendan el valor de la misma.

Gracias a la evolución también en los sistemas productivos y a la velocidad del cambio, ahora mismo tenemos dos tendencias. Una, que va quedándose anticuada, que consiste en producir grandes volúmenes, invirtiendo muchísimo, consiguiendo ocupar un mercado rápidamente con un producto lo más estándar posible, y hacer caja antes de la siguiente novedad de consumo masivo. La segunda consiste en el customization, o producción a medida. El conocer mejor a los clientes permite hacer productos a medida, diferenciados, en series pequeñas, más caras que las de las producciones masivas, pero también más rentables con pocos volúmenes. Conseguir automatizar la customización es un triunfo que se nutre de unos sistemas de información muy desarrollados, de un transporte barato y relativamente rápido, y de la construcción de unas telas de comunicación e intercambio de escala mundial, que permiten identificar a aquellos que buscan una diferencia específica en todo el globo, y ofrecerles lo que quieren antes de que se adelanten los competidores o de que esa novedad deje de serlo.

Gracias a esta segunda tendencia, hay esperanza en Occidente para mantener su industria hasta que Asia deje de ser tan barato. De hecho, Asia ya está empezando a producir para ellos mismos, y no sólo para Occidente… lo cual supone una enorme presión sobre los recursos del planeta. Pero los recursos materiales, como la energía, no se crean ni se destruyen, sólo se transforman. Y el sistema de mercado, si funciona bien, permite asignar los recursos a los usos que sean más beneficiosos. Lo malo es cuando es beneficio no es “global” sino “privado”. Pero ese no es el tema de este blog hoy.

Finalmente yo quería hablar de esa dicotomía entre estandarización y customización al nivel de las ciudades. Encuentro terriblemente descorazonador que, a estas alturas, los que están tomando las decisiones sobre las configuraciones de nuestras ciudades, especialmente de las nuevas ciudades, no sean capaces de hacer nada mejor. Mejor significa no sólo con todos los servicios y funcionalidades más modernos, sino con la belleza propia de las viejas ciudades. Las ciudades necesitan vida, la vida necesita desarrollarse en una serie de escenarios que den motivación a la gente que vive en ellos. Una ciudad donde la gente sólo vive de 21h a 8h se limita mucho en lo que necesita y en la vida que generará. Mayormente privada, claro, con lo que habrá pocos espacios públicos de encuentro. Esas plazas, esos mercados, esos parques que distinguían a unas ciudades de otras… ya no parecen tan interesantes, ni tan primordiales en el desarrollo de las ciudades. Y esto me parece terrible, porque acabamos generando ciudades carentes de interés. Carentes de diferencia. La tecnología y el desarrollo nos permiten, en estos momentos, generar diferencia a un coste relativamente reducido… y, sin embargo, los modelos de construcción son los mismos. Las ciudades nuevas luchan por conseguir unos skylines diferenciados, pagando burradas a los arquitectos más innovadores que, por no estar muchas veces sometidos a un plan mayor, acaban haciendo construcciones magníficas a destiempo, o fuera de lugar respecto a su entorno… y, especialmente, carentes de ambición respecto a una ciudad. No son más que edificios. No van más allá, no están hechos para ser edificios de una ciudad diferente. Sino edificios singulares de una ciudad más. No encuentro motivos para visitar esas ciudades, aunque tengan los edificios más modernos. No me resulta atractiva una ciudad de acero y cristal sin vida. Es como un escenario vacío. Nadie va a ver un escenario vacío.

Por ello también luchan por generar presencia internacional, con ferias, con festivales de cine, con todo aquello que pueda atraer sobre sí los ojos del mundo. Y tienen tan poca originalidad…
Alguien debería preguntarse por qué Nueva Orleans resulta más interesante de visitar que Baltimore. Por qué las ciudades de California con nombre español parecen tener más personalidad que las ciudades del medio oeste.  Por qué Shanghai sigue siendo la mejor ciudad de China pese a existir media docena o más de ciudades que superan los diez millones de habitantes, y probablemente su capacidad económica les permitiría ser más.

Recuerdo, cuando estuve en Seúl, que la ciudad me decepcionó enormemente. Estuve en el distrito  financiero, que me recordaba a Nueva York, pero más limpio y amplio. Pero en un recorrido turístico por la ciudad los monumentos estaban escondidos o maltratados por una configuración de la ciudad que premiaba el tráfico por encima incluso de los accesos peatonales (no hablo ya de exclusividad peatonal, sino de accesos potables para un flujo turístico importante). De acuerdo que la ciudad fue destruida, reconstruida y que no hace ni un siglo eran una economía totalmente tercermundista, pero cuanto más aprendes, más te das cuenta de que lo que son se nutre de lo que fueron en el pasado, un pasado que hizo frente con éxito a dos potencias como China y Japón, en sus momentos de máximo esplendor. Y bueno… Corea ha superado a España hace un tiempo y no va a dejar de crecer. Lo que quiero decir, es que Seúl debería dar para más de lo que daba, como ciudad. Porque tenía historia, tenía fuerza económica y tenía dinamismo. Mi sensación, terrible, en el camino desde y hacia el aeropuerto, junto a su enorme río, era que aquello era una ciudad colmena. Edificios funcionales, terriblemente feos, por todas partes… y poca, muy poca belleza. Muy poca voluntad de hacer cosas bonitas. Al contrario de la sensación que tuve en Tokyo, incluso Osaka, que todo y que eran ciudades que habían primado el crecimiento, se habían preocupado de tener espacios públicos y un orden no tan opresivo hacia el individuo. Llegar a una ciudad o incluso un pueblo de cierto tamaño, en Italia, es llegar a un sitio que invita a quedarse, a disfrutar de la vida. Y eso… ¿por qué? Pues porque hay belleza y armonía allá donde se mire. Y no es una cuestión de belleza. Es cuestión de que las ciudades encajan en su entorno, sus colores, su configuración, sus adornos… y el hecho de que no están hechas para turistas, sino que la gente sigue viviendo allí y generando historia en cada tiendecita, callejuela o plaza. Sí… para ellos probablemente la vida se hace en las ciudades, que tienen mucho más que ofrecer, pero la fuerza que tienen esas ciudades pequeñas y preciosas es apabullante, y la prueba, la cantidad de extranjeros que, llegando como turistas, acaban decidiendo quedarse a vivir cueste lo que cueste, renunciando a una vida urbanita, a una tipología de carrera más “exitosa” quizá… y no hablo sólo de las ciudades más conocidas como Florencia o Venezia, sino de las periféricas. Y es que Italia exuda belleza y armonía. También vejez, pero eso es otro tema y el respeto por el pasado es un signo de civilización, aunque tenga el coste no permitirse megaciudades, quizá más eficientes, y también menos armoniosas.

Expuestos los dos modelos, estoy seguro que cualquiera podrá identificar su estilo de ciudad. Sea un Nueva York, sea un Barcelona, un Londres, un Múnich, un Seúl, Cairo o Sydney, creo que es importante que sigamos buscando nuevos modelos de ciudad, completamente distintos. ¿Por qué no una ciudad construida en barro? ¿por qué no una ciudad entre árboles? ¿por qué no una bajo el mar? ¿y bajo tierra? O, sencillamente, con una configuración de colores específicos, con jardines en todos los tejados, con canales al estilo de Venezia o Shanghai, o sin coches. Hay muchas opciones, que implican unos riesgos y unas condiciones, pero que no intentar desarrollar no puedo decir que sea progresar.

domingo, 12 de mayo de 2013

Qué hace trascender a una civilización

Si tenemos que medir históricamente las aportaciones de las distintas civilizaciones del planeta a la Humanidad... ¿en qué tenemos que fijarnos? ¿en la herencia que dejaron? ¿en las innovaciones tecnológicas que se descubrieron bajo su amparo? ¿en el nivel de expansión en su ciudadanía de las mejoras técnicas, económicas o sociales? ¿en el bienestar general de la población? ¿en su nivel de felicidad?

Personalmente, y tomando una perspectiva temporal muy amplia, cada vez más creo que son tres elementos los únicos importantes: conocimiento, belleza y expansión.

Una civilización que produce conocimiento produce inversión en el futuro y, a priori, beneficia a toda la Humanidad... sea antes o sea después. Esta es fácil. El conocimiento puede ser de toda índole, tanto técnico como filosófico, por poner dos extremos. Conocimiento que da una ventaja respecto a las otras naciones o civlizaciones en capacidad técnica, militar, organizativa.... para hacer lo que se propongan.

Belleza, porque la belleza no responde a una necesidad evidente. Para la búsqueda de pareja... sí. Pero no aporta necesariamente más ventajas con respecto a las otras naciones... el hecho de tener las ciudades más bonitas, los monumentos más espectaculares o las personas mejor arregladas. Cuando una sociedad pone su empeño en crear cosas bonitas, trabaja en el campo de la estética. Es un campo, para mí, superior. Uno puede ser un ingeniero estupendo, responder a todas los requerimientos... pero cuando uno crea algo bonito... trasciende a la funcionalidad. Estoy, probablemente, e inconscientemente, dejando claro que la funcionalidad me parece anterior y primordial a la belleza, pero también quiero dejar claro que la belleza queda por encima. Cuando uno produce un puente, lo hace por necesidad. Cuando además de funcional, lo hace bonito... está ampliando el nivel de exigencia y de trascendencia.

Y finalmente la expansión. Una civilización que no comparte los beneficios que produce entre su población... pues no es más que un pequeño club. Los egipcios, al parecer, tenían un nivel de conocimiento mucho mayor del que podemos ver o intuir... pero la mayor parte se destruyó y la fortuna que tenemos es que una parte pasó, de forma quizá clandestina, a otras civilizaciones como la griega. Pero nunca sabremos lo que perdimos... aunque las Pirámides ya nos dan una buena impresión. Aprovecho para hacer una pequeña indicación. En mi viaje a Egipto, en 2003, me impresionó mucho que alguno de los templos de descubrimiento reciente (pocas décadas) tenían los techos prácticamente intactos... cuando, según me contaron, los techos es lo primero que pierden todas las construcciones antiguas. Una civilización que se guarda todo su conocimiento, su belleza y su poder, para una élite, me parece bastante limitada y, de hecho, débil. En esta categoría pondría las civilizaciones pre-colombinas.. donde, desafortunadamente, la línea de continuidad se ha perdido por completo... y lo que queda son sólo tradiciones, pocas, y de poca trascendencia en relación a lo que fueron sus sociedades. Bien es cierto que hubo una ocupación por otra cultura, mucho más fuerte y con toda la intención de sustituir a las existentes, en todos los ámbitos.

No deberíamos olvidarnos de ninguno de los tres aspectos si queremos pensar en una civilización de futuro... sea europea, occidental o mundial.