Las leyes de la producción nos dicen que cuanto más estándar sea un producto, más barato es producirlo en masa, con lo que se hace más accesible a más gente. Bajo esa lógica nos hemos permitido también pasar de un estándar de calidad alto, donde los productos se hacían para durar, a uno más bajo, donde los productos se hacen para ser sustituidos en un período de tiempo determinado. Esto viene también porque el nivel de progreso e innovación se ha disparado, y tener un producto de hace diez, quince o veinte años supone tener un producto con menos funcionalidades que los nuevos productos en masa de esa misma categoría.
Afortunadamente, el ser humano también valora la diferenciación. No tanto como algunos creen, pero la diferenciación es una fuente de status. A algunos les produce satisfacción interna el hecho de escoger exactamente aquello que quieren (y por fortuna no todos queremos lo mismo). A otros esa satisfacción les viene por el hecho de diferenciarse de la masa. Estos incentivan los cambios de moda, porque siempre tienen que estar renovando esa diferencia, aunque no siempre entiendan el valor de la misma.
Gracias a la evolución también en los sistemas productivos y a la velocidad del cambio, ahora mismo tenemos dos tendencias. Una, que va quedándose anticuada, que consiste en producir grandes volúmenes, invirtiendo muchísimo, consiguiendo ocupar un mercado rápidamente con un producto lo más estándar posible, y hacer caja antes de la siguiente novedad de consumo masivo. La segunda consiste en el customization, o producción a medida. El conocer mejor a los clientes permite hacer productos a medida, diferenciados, en series pequeñas, más caras que las de las producciones masivas, pero también más rentables con pocos volúmenes. Conseguir automatizar la customización es un triunfo que se nutre de unos sistemas de información muy desarrollados, de un transporte barato y relativamente rápido, y de la construcción de unas telas de comunicación e intercambio de escala mundial, que permiten identificar a aquellos que buscan una diferencia específica en todo el globo, y ofrecerles lo que quieren antes de que se adelanten los competidores o de que esa novedad deje de serlo.
Gracias a esta segunda tendencia, hay esperanza en Occidente para mantener su industria hasta que Asia deje de ser tan barato. De hecho, Asia ya está empezando a producir para ellos mismos, y no sólo para Occidente… lo cual supone una enorme presión sobre los recursos del planeta. Pero los recursos materiales, como la energía, no se crean ni se destruyen, sólo se transforman. Y el sistema de mercado, si funciona bien, permite asignar los recursos a los usos que sean más beneficiosos. Lo malo es cuando es beneficio no es “global” sino “privado”. Pero ese no es el tema de este blog hoy.
Finalmente yo quería hablar de esa dicotomía entre estandarización y customización al nivel de las ciudades. Encuentro terriblemente descorazonador que, a estas alturas, los que están tomando las decisiones sobre las configuraciones de nuestras ciudades, especialmente de las nuevas ciudades, no sean capaces de hacer nada mejor. Mejor significa no sólo con todos los servicios y funcionalidades más modernos, sino con la belleza propia de las viejas ciudades. Las ciudades necesitan vida, la vida necesita desarrollarse en una serie de escenarios que den motivación a la gente que vive en ellos. Una ciudad donde la gente sólo vive de 21h a 8h se limita mucho en lo que necesita y en la vida que generará. Mayormente privada, claro, con lo que habrá pocos espacios públicos de encuentro. Esas plazas, esos mercados, esos parques que distinguían a unas ciudades de otras… ya no parecen tan interesantes, ni tan primordiales en el desarrollo de las ciudades. Y esto me parece terrible, porque acabamos generando ciudades carentes de interés. Carentes de diferencia. La tecnología y el desarrollo nos permiten, en estos momentos, generar diferencia a un coste relativamente reducido… y, sin embargo, los modelos de construcción son los mismos. Las ciudades nuevas luchan por conseguir unos skylines diferenciados, pagando burradas a los arquitectos más innovadores que, por no estar muchas veces sometidos a un plan mayor, acaban haciendo construcciones magníficas a destiempo, o fuera de lugar respecto a su entorno… y, especialmente, carentes de ambición respecto a una ciudad. No son más que edificios. No van más allá, no están hechos para ser edificios de una ciudad diferente. Sino edificios singulares de una ciudad más. No encuentro motivos para visitar esas ciudades, aunque tengan los edificios más modernos. No me resulta atractiva una ciudad de acero y cristal sin vida. Es como un escenario vacío. Nadie va a ver un escenario vacío.
Por ello también luchan por generar presencia internacional, con ferias, con festivales de cine, con todo aquello que pueda atraer sobre sí los ojos del mundo. Y tienen tan poca originalidad…
Alguien debería preguntarse por qué Nueva Orleans resulta más interesante de visitar que Baltimore. Por qué las ciudades de California con nombre español parecen tener más personalidad que las ciudades del medio oeste. Por qué Shanghai sigue siendo la mejor ciudad de China pese a existir media docena o más de ciudades que superan los diez millones de habitantes, y probablemente su capacidad económica les permitiría ser más.
Recuerdo, cuando estuve en Seúl, que la ciudad me decepcionó enormemente. Estuve en el distrito financiero, que me recordaba a Nueva York, pero más limpio y amplio. Pero en un recorrido turístico por la ciudad los monumentos estaban escondidos o maltratados por una configuración de la ciudad que premiaba el tráfico por encima incluso de los accesos peatonales (no hablo ya de exclusividad peatonal, sino de accesos potables para un flujo turístico importante). De acuerdo que la ciudad fue destruida, reconstruida y que no hace ni un siglo eran una economía totalmente tercermundista, pero cuanto más aprendes, más te das cuenta de que lo que son se nutre de lo que fueron en el pasado, un pasado que hizo frente con éxito a dos potencias como China y Japón, en sus momentos de máximo esplendor. Y bueno… Corea ha superado a España hace un tiempo y no va a dejar de crecer. Lo que quiero decir, es que Seúl debería dar para más de lo que daba, como ciudad. Porque tenía historia, tenía fuerza económica y tenía dinamismo. Mi sensación, terrible, en el camino desde y hacia el aeropuerto, junto a su enorme río, era que aquello era una ciudad colmena. Edificios funcionales, terriblemente feos, por todas partes… y poca, muy poca belleza. Muy poca voluntad de hacer cosas bonitas. Al contrario de la sensación que tuve en Tokyo, incluso Osaka, que todo y que eran ciudades que habían primado el crecimiento, se habían preocupado de tener espacios públicos y un orden no tan opresivo hacia el individuo. Llegar a una ciudad o incluso un pueblo de cierto tamaño, en Italia, es llegar a un sitio que invita a quedarse, a disfrutar de la vida. Y eso… ¿por qué? Pues porque hay belleza y armonía allá donde se mire. Y no es una cuestión de belleza. Es cuestión de que las ciudades encajan en su entorno, sus colores, su configuración, sus adornos… y el hecho de que no están hechas para turistas, sino que la gente sigue viviendo allí y generando historia en cada tiendecita, callejuela o plaza. Sí… para ellos probablemente la vida se hace en las ciudades, que tienen mucho más que ofrecer, pero la fuerza que tienen esas ciudades pequeñas y preciosas es apabullante, y la prueba, la cantidad de extranjeros que, llegando como turistas, acaban decidiendo quedarse a vivir cueste lo que cueste, renunciando a una vida urbanita, a una tipología de carrera más “exitosa” quizá… y no hablo sólo de las ciudades más conocidas como Florencia o Venezia, sino de las periféricas. Y es que Italia exuda belleza y armonía. También vejez, pero eso es otro tema y el respeto por el pasado es un signo de civilización, aunque tenga el coste no permitirse megaciudades, quizá más eficientes, y también menos armoniosas.
Expuestos los dos modelos, estoy seguro que cualquiera podrá identificar su estilo de ciudad. Sea un Nueva York, sea un Barcelona, un Londres, un Múnich, un Seúl, Cairo o Sydney, creo que es importante que sigamos buscando nuevos modelos de ciudad, completamente distintos. ¿Por qué no una ciudad construida en barro? ¿por qué no una ciudad entre árboles? ¿por qué no una bajo el mar? ¿y bajo tierra? O, sencillamente, con una configuración de colores específicos, con jardines en todos los tejados, con canales al estilo de Venezia o Shanghai, o sin coches. Hay muchas opciones, que implican unos riesgos y unas condiciones, pero que no intentar desarrollar no puedo decir que sea progresar.