Reconozco que cuando me pongo a escribir entradas en el blog, no me documento demasiado, en parte por pereza, y en parte porque el objeto de este blog es comentar mis pensamientos e ideas... no sustentarlas o hacer disquisiciones más o menos académicas. Aparte... hay tantas tonterías escritas por ahí fuera, que a veces resultan contaminantes.
El asunto de hoy: el nombre propio. La cultura que yo conozco (Occidente) trata el nombre propio con una mezcla de funcionalidad (para identificar a los individuos, con todo lo que ello conlleva), referencias religiosas y culturales... y poco más que pueda destacar. El nombre no tiene la relevancia que tuvo en su momento, y ahora básicamente se busca algo bonito, acorde quizá con la personalidad deseada para el vástago, algo quizá que sea fácil de recordar.
Pero en otras sociedades más antiguas, el nombre no sólo identifica al individuo, sino que está asociado a él más allá de la palabra. En el antiguo Egipto, la mitología nos habla de que el Dios creador fue engañado para revelar su verdadero nombre a otra deidad, lo cual lo hizo vulnerable a la magia y debió abandonar su puesto de Dios absoluto para retirarse a unas funciones más protocolarias (como el Presidente de las Repúblicas Alemana o Italiana... de cuyos nombres casi nadie se acuerda porque su función, aunque superior en el escalafón, es sólo secundaria, sancionadora y no ejecutiva). La magia es una predecesora de la religión en la explicación de los fenómenos ininteligibles para las sociedades antiguas. Y la magia usa de los nombres para los conjuros. ¿De qué otra manera pueden los poderes oscuros identificar a los individuos que han de ser objeto de su acción?
Francamente... creo que fue una buena decisión el retirar el valor pseudo-espiritual que tuvo el nombre propio. Demasiadas supersticiones y tonterías asociadas al nombre propio, que hacían vulnerable al individuo. Pero tengo que reconocer que la posibilidad de escoger el nombre propio tiene su atractivo.
En algunas sociedades dichas primitivas pasa así. Hay un nombre para etapas diferentes de la vida, y los nombres se escogen en función de la personalidad o los logros del individuo frente a la sociedad. Los ritos de iniciación a la vida adulta suelen estar asociados también. Y creo que están bien... son pequeños retos que los individuos tienen que pasar para significarse socialmente. Les otorgan derechos y deberes. Llamarse León y ser un cobarde... qué sinsentido! La fuerza que el autoconcepto provee no es desdeñable. El tener que responder a las expectativas, el forzarse a ser porque es lo que se espera de ti... es un motor impresionante.
Por poner un ejemplo: haber nacido en una familia de intelectuales reputados casi obliga (a la par que facilita) que los nuevos vástagos se obliguen a un alto nivel intelectual, si no siempre a una carrera en la misma pista. En las familias orgullosas, y con linaje... el tener que mantener el honor y la fuerza del apellido... obliga a esfuerzos adicionales. A veces tontos. A veces, más allá de lo que nos gusta confesarnos... realmente dan sentido a nuestras vidas, aunque no siempre los hayamos escogido.
Pero si puedes escoger tu nombre. Decidir que vas a ser un León, que vas a estar a la altura de lo que se te pida. O, César. O, Elena... la más hermosa entre las hermosas. Y ser hermosa no será sólo un don, sino una actitud. Elegida por uno mismo. Woao. En lugar de llamarte como tus padres decidieron, tomas tu propio nombre y te independizas también en eso. Pues sí... le veo su qué. Es una responsabilidad, sí... pero mantiene la preponderancia del individuo sobre la sociedad (sus padres, su familia) y puede ser un elemento de fuerza interior.

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