Vamos a precisar un poco más un título a todas luces excesivo. En Asia he estado sólo dos veces, en 2007 y ahora en 2009, sumando en total unos 40 días de estancia... y he estado únicamente en 10 ciudades/pueblos, así que vaya eso por delante para apreciar mejor la fuente y la profundidad de las impresiones... que no por ello son menos vívidas.
Entre las ciudades, destaco Seul, Tokyo, Kyoto, Hong Kong, Macau, Shenzen y Yangshuo.
Lo primero que me viene a la cabeza es un aspecto de dimensión. Allí las aglomeraciones de gente me parecen mayores. Las ciudades más extensas y más densas. Los ríos más amplios y caudalosos. Eso de entrada condiciona todo lo demás. Esas masas de personas, que por otro lado le parecen a uno menos familiares por tener rasgos físicos bien diferenciados, se mueven de forma distinta. Parece que caminen más (todo el día moviéndose) y más deprisa (sin distraerse), y eso agudiza la necesidad de estar más atento para evitar tropezarse. Asímismo, me dio la impresión de que la gente se fija menos en los individuos a su alrededor (o quizá yo era quien más se fijaba por ser la pieza extraña del puzzle), aunque no pierden contacto con lo que sucede (los flujos de índividuos... pero sin fijarse en ellos).
Esto lleva a una segunda impresión, que es la preponderancia de lo social sobre lo individual. Esta no es una reflexión propia, y ya he leído sobre ello en otras partes anteriormente, pero suscribo el hecho de que el individuo pierde relevancia respecto a lo que sucede, porque sencillamente es más prescindible porque hay más. Esto aplicaría a todos los fenómenos de masas, en cualquier parte del mundo. Valga como ejemplo cualquier ejército, donde nadie puede distinguir a un soldado de otro, y donde todo está montado para no distinguirlos. Esto lleva a cierto desasosiego respecto a uno mismo... y se siente más diluido en la escena, porque como individuo va a contar necesariamente menos... o al menos en apariencia.
Asociado a lo anterior (aquí hay cierta linealidad, pese a que parezcan retazos inconexos), tenemos el orden y su ausencia. En algunos sitios se respira ORDEN, con mayúsculas... civilización, incluso. Todo tiene un sentido, se ve la cultura, se siente y se vislumbran los valores que la sustentan, en buena parte de lo que hay y se hace. En Japón esto es extremo, y en otros sitios, como China, se ven elementos de una civilización muy potente, pero al mismo tiempo muy grande, demasiado grande para ser abarcada fácilmente por ninguna fuerza ordenadora, y, sin embargo, la hay... No parece tanto a pequeña escala, donde la vida familiar parece tener otro tipo de orden, pero sí a gran escala... al ver las dimensiones y velocidad de crecimiento de las ciudades, y la escala de ejecución de las decisiones estatales... denotan una voluntad de la jerarquía de grupo muy marcada.
Hong Kong merece un capítulo aparte, por la aparente mezcolanza de estilos muy complementarios, como es el inglés y el chino. Pragmatismo con dinamismo, orden y estilo con ambición y resultados. Soluciones de tránsito pintorescas, auténticas colmenas que, sin embargo, hieren menos la sensibilidad occidental que otras conurbaciones que he visto (alrededores de Seúl, por poner un ejemplo, o Shenzen). Debo decir, no obstante, que aunque Hong Kong me parece tener un orden superior al del resto de China, tiene poco de Occidental... si es que alguna vez lo tuvo, que creo que sí.
Hay dos capítulos que quiero resaltar, y son los olores y la contaminación. Hay muchos más olores (hablo ahora sólo de la parte sur: Hong Kong, Macau y China-Shenzen y Yangshuo), y cierta humedad que los transmite y los hace imperecederos. Desagradables, pero asumibles. Y la contaminación, tanto acústica (cómo les gusta en China darle al claxon para todo) como atmosférica... esta última era muy acusada, y me pareció presente incluso en las zonas rurales, aunque fuese sólo en forma de partículas de polvo, constantemente en suspensión y constantemente borrando los perfiles del paisaje y dando cierto misticismo al entorno, y... quizá, también favoreciendo un pensamiento centrado en el aquí y ahora, en la acción más que en la reflexión.
Finalmente, de China me sorprendió la aparente y constante necesidad de socializar (eso, en contraste con, por ejemplo, Japón). Me dio la impresión de que, aunque todo el mundo tenga algo que hacer, la gente está dispuesta siempre a una pequeña conversación, y casi parecería descortés o sospechoso no iniciar una cuando dos desconocidos se ven obligados a pararse de sus quehaceres, en un ascensor, mientras esperan a un cliente o cuando hay un turista. Pequeñas conversaciones, algunas interesadas, en general intrascendentes (no son disquisiciones complejas)... pero constantes. Con el servicio, con los policías, con los cajeros, con los transeúntes... preguntar y comentar parece una forma de reconocimiento social.
Obviamente, tengo muchas otras impresiones aún en el tintero, pero algunas (muchas) serán más constataciones de impresiones ajenas, obtenidas de lecturas o fotos anteriores, que de mi visita.
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