No deja de impresionar el hecho de que ciertas verdades, que se nos suelen antojar evidentes e irrefutables cuando las descubrimos... nos pasan desapercibidas con tanta frecuencia.
Si una vida ordenada, con una serie de objetivos, de deberes, de caminos trazados, de sueños por cumplir, de deseos que satisfacer, de experiencias que vivir... si todo ello es una promesa tan evidente de felicidad, ¿por qué tan poca gente, aparentemente, lleva una vida ordenada?
Leyendo recientemente a algunos escritores rusos, se perciben ramalazos de esa contradicción tan rusa... donde son capaces de la mayor exquisitez y de la mayor brutalidad, con la misma naturalidad y contundencia como si fuesen dos caras del mismo espejo. La mezcla del caos de la vida nómada de ciertas etnias de su periferia con la estricta jerarquía social de la época zarista. Y cómo el alcohol impera allí donde los sueños están rotos, donde la realidad se impone por encima de los anhelos... y donde perder la razón se asemeja más a vivir que seguir las pautas marcadas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario