Cerró los ojos. Inspiró lentamente y se vació de pensamientos. Se concentró en el aire llenando su pecho, en sus células atrapándo el oxígeno de la sangre, en todas las sensaciones que le rodeaban en ese preciso instante. Se concentró exclusivamente en sentir. En memorizar ese momento, esa sensación.
Y saltó. Desde lo más alto. Sin nadie mirando. Liberado de pensamientos, de rencor, de angustias, de ambiciones. Vacío de todo, salvo de la sensación de estar vivo.
Su cuerpo se aceleró y cayó como un peso muerto. Había muy poca gracia en aquella caída, pero no importaba. Abajo no se veía el fondo. Caía y caía... y al cabo de unos segundos la inevitable aceleración de su organismo desapareció y se sintió cómodo en la caída. En poco rato, le pareció normal el viento agitándole el cuerpo, la falta de apoyo y el pitido en sus oídos y centró su atención en alguna parte del fondo. En un punto oscuro concreto. Tardó unos minutos, pero creyó vislumbrar un destino. No había nada. Oscuridad total, y ya estaba en los siete minutos de caída, aunque nadie los contaba. Se centró en aquel punto, que no se distinguía en realidad de cualquier otro punto allí abajo. Pero decidió que en aquel punto, allá abajo, en la oscuridad, estaba su futuro. No había futuro. No había definición. No había referencias. Nada estaba decidido, ni siquiera definido.
Sintió miedo. Y por un instante se dejó invadir por sus pensamientos. Pensamientos sobre su pasado. Sobre lo que había conocido... le invadió la certeza de que había perdido la seguridad de lo conocido. Pensó en los momentos con su familia, en sus logros personales, en las sensaciones que había dejado allí arriba. Y lloró. Apenas una lágrima, apenas una pequeña congoja. Y su caída se desaceleró. El viento le agitaba menos el cabello. Y no notaba tanta presión del aire desplazado. Estaba casi ingrávido. Sorprendido, y a la vez avergonzado, intentó concentrarse en el punto de allá abajo. Se enjugó la lágrima y se dijo que aquel sería su último momento de debilidad. Sabía que lo tendría. Se había entrenado para ello y creía que le atenazaría en el momento del salto... pero no después. Pero ahí estaba. Aunque sabía lo que tenía que hacer. Respiró de nuevo, varias veces... cerró los ojos y al abrirlos sólo vio el punto oscuro en el fondo. Sólo un destino, negro, negrísimo... pero el único que tenía sentido para él.
De nuevo pareció acelerarse hacia abajo. Y cayó, más y más. Y siguió cayendo, hasta que la noción del tiempo se perdió. Ni un solo instante miró hacia arriba. Ni a los lados. Nada cambió a su alrededor. Al cabo de otro rato dejó de notar el viento, o cualquier otra sensación externa. Sabía que seguía cayendo, pero ya no había aire a su alrededor. Ni necesidad de respirar. La conciencia a través de los sentidos se estaba difuminando en aquél entorno sin cambios. Una larga caída en la oscuridad.
De pronto, el punto negro pasó al blanco. Ténue, pero brillantísimo allí abajo. En segudos fue agrandándose, y el sentido de la caída se hizo patente. Iba directo a la luz. Ya no recordaba quién era, qué era... sólo veía la luz y se sentía bien yendo hacia ella. ¿Qué otra cosa se puede hacer en un entorno tan oscuro sino ir hacia la única luz que hay? La luz, brillante, fue cada vez más y más cegadora... Hasta que lo inundó todo y tuvo que cerrar los ojos.
Sintió un fuerte dolor en alguna parte y sólo pudo gritar. Gritó como si fuese en ello su vida, gritó a pulmón lleno y con todas las ganas que pudo reunir. Y escuchó... un gran murmullo, y luego estas palabras -"aquí tiene a su bebé, Sara. Es una niña!". Y supo que sería una niña en su nueva vida.

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